viernes, 16 de enero de 2026

El verdadero camino hacia la libertad/ Pablo Aure

Debemos dejar de ver al oficialismo como un grupo en retirada. Figuras como Delcy Rodríguez no están preparando maletas; están perfeccionando un blindaje de ingeniería política y financiera. Ella representa un "aparataje" que maneja las arterias del Estado, pero sobre todo, que entiende y domina el lenguaje del pragmatismo global.

​Aquí reside la clave de nuestra parálisis: estamos donde estamos, en gran medida, por el cálculo de intereses de los Estados Unidos. No es un secreto que, para la potencia del norte, la prioridad no es la pureza democrática, sino la seguridad energética y la contención de flujos migratorios. Sin el tutelaje —o al menos la anuencia— de Washington, ninguna estructura de poder en Venezuela es sostenible a largo plazo. El oficialismo lo sabe y ha pasado de la confrontación ideológica a una oferta de servicios: "nosotros garantizamos el orden y el petróleo; la alternativa es el caos". Es el chantaje de la estabilidad.

¿Sustitución o reinvención?
​Esto nos lleva a una interrogante sombría: ¿Hasta cuándo tendremos esa "protección" o tolerancia externa? Si el mundo percibe que el cambio democrático es sinónimo de inestabilidad, los centros de poder preferirán el tutelaje de una tiranía ordenada sobre una transición incierta.
​Por eso, más que una sustitución clásica en el poder, lo que estamos presenciando es un intento de reinvención del sistema. El régimen no busca irse; busca mutar hacia un modelo que sea digerible para los intereses estadounidenses. Una suerte de "autoritarismo funcional" que mantenga las apariencias necesarias para que las sanciones se diluyan mientras el control interno permanece intacto.

De la legitimidad al ejercicio del mando
​Nadie puede cuestionar el fenómeno histórico de María Corina Machado. Su legitimidad es un muro ético infranqueable. Sin embargo, hay que hablar con crudeza: la legitimidad, por sí sola, no controla fronteras ni desarticula estructuras de inteligencia. El desafío de María Corina no es seguir sumando voluntades, sino cómo quebrar la obediencia de un sistema que Delcy y su entorno han aceitado para que parezca la única opción viable ante los ojos de la Casa Blanca.
​Si esa inmensa fuerza ética no se traduce en una capacidad real de ofrecer una garantía de estabilidad superior a la que hoy ofrece el régimen, corremos el riesgo de quedar atrapados en una "paz cosmética", diseñada para lavar la cara de quienes quebraron al país bajo la mirada cómplice de un mundo que ya no busca justicia, sino resultados.

El realismo como único remedio
​La comunidad internacional no busca causas perdidas. Si permitimos que el régimen se venda como el único capaz de garantizar "orden", la libertad será sacrificada en el altar de la geopolítica.
​Entender que el adversario es hábil y que juega a la supervivencia mediante la utilidad estratégica no es claudicar; es la condición mínima para vencerlo. Como dijo Serrat: "Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio". Pero el remedio para Venezuela existe, siempre que estemos dispuestos a leer el poder con la mente fría y entendamos que la batalla no es solo en las calles, sino en los despachos donde se decide qué pieza del tablero es más útil para el interés global.

Pablo Aure

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