La política como apostolado: autenticidad frente a la adulación
¿En qué momento la política en Venezuela dejó de ser un servicio al pueblo para convertirse en un negocio de unos pocos?
¿Cuándo aceptamos que el liderazgo se mide por la capacidad de adular en lugar de por las ideas y la lealtad al bien común?
Yo me hago estas preguntas todos los días. Y por eso hoy quiero compartir lo que para mí significa hacer política de verdad.
La política, para mí, no es un oficio ni una forma de ganarme la vida. Es una decisión profunda de involucrarme en los problemas públicos y poner en práctica las ideas que brotan de mis convicciones más íntimas. Para algunos es un negocio; para mí (y para quienes pensamos igual) es un apostolado: una manera de entregar la vida al servicio de una causa mayor, el bien común. Lamentablemente, cuando la política se convierte en un medio de vida o en una escalera personal, la traición se vuelve moneda corriente. He visto cómo abundan los que apagan la luz de quienes los rodean por miedo a que brillen más que ellos. Prefieren rodearse de aduladores que de talentos, porque carecen de ideas propias y necesitan aferrarse al liderazgo de alguien a quien consideran “superior”, “superdotado” o “ungido”. Y lo peor es que muchos líderes sucumben a esa adulación barata y premian la "lealtad" ciega por encima del mérito. En Venezuela lo he visto repetirse tanto en el oficialismo como en la oposición: una dignidad de liderazgo súper devaluada que carece de ideología, donde la inseguridad y la falta de convicciones propias empujan a muchos a trepar a costa de la servilidad.
Yo jamás he traicionado a quienes me han acompañado ni a quienes yo he acompañado. Al contrario, me llena de orgullo ver brillar a quienes caminan conmigo. Toda mi vida he sido enemigo de la adulación; quizá por eso nunca he calado del todo en los partidos tradicionales, porque mi franqueza incomoda a quienes sí la practican y la necesitan. Nunca me he callado. Siempre he dicho lo que siento, aunque eso me haya generado enojos, distanciamientos y separaciones. Pero confieso con tranquilidad: de ninguna de esas rupturas por defender mis convicciones me he arrepentido. El tiempo, hasta ahora, siempre me ha dado la razón. Ser auténtico es la única forma de estar en paz con la propia conciencia y de ganar credibilidad, tanto entre amigos como entre adversarios.
La política es permanente, y yo seguiré aquí: en mi trinchera, expresando mis ideas sin miedo, contribuyendo con lo que pueda a construir el país de mis sueños.
Pablo Aure
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