Estimada comunidad ucista: estudiantes, profesores, egresados, personal administrativo y
obrero.La Universidad de Carabobo, nuestra Alma Mater, ha sido durante décadas mucho más que un espacio físico o administrativo: ha sido el corazón palpitante de una tradición de autonomía, rigor académico y defensa irrestricta de la verdad y la libertad. Es el lugar donde generaciones enteras hemos aprendido que el saber no se somete, que la institucionalidad se preserva con coraje y que las decisiones colectivas deben responder siempre al bien común, no a intereses particulares o coyunturales. Con profundo dolor y sentido de responsabilidad, debo referirme a un hecho que ha marcado un quiebre en esa tradición: la supresión —por decisión mayoritaria del Consejo Universitario— de competencias históricas y esenciales que la normativa interna y la propia Ley de Universidades asignaban al Despacho de la Secretaría de la Universidad, cargo que tengo el honor de ocupar. Esta medida, adoptada el año pasado, no surgió de un debate sereno ni de una necesidad académica demostrada. Fue el resultado de una concertación entre la rectora, siete decanos y otros consejeros, en un contexto de abierta enemistad personal declarada en mi contra tras haber ejercido —con la franqueza que exige el cargo— una crítica fundada a la entrega progresiva de nuestra institución a intereses ajenos al espíritu universitario, particularmente al alineamiento con el madurismo que debilita nuestra autonomía y nuestra misión social. No escribo estas líneas desde el rencor, sino desde la convicción de que la universidad no puede ser rehén de ambiciones personales ni de venganzas disfrazadas de decisiones colegiadas. Quienes avalaron y ejecutaron esta maniobra antiacadémica —que vació de funciones sustantivas a un órgano rectoral clave sin fundamento normativo sólido ni beneficio institucional evidente— han dejado una huella que la historia no borrará fácilmente. En el futuro, cuando la memoria ucista repase estos años, recordará con tristeza a quienes, por priorizar lealtades coyunturales o cálculos de poder, estuvieron dispuestos a erosionar lo más preciado que tenemos: el alma mater, esa esencia de pluralidad, transparencia y servicio que nos distingue como comunidad. Serán recordados no por construcciones duraderas, sino por haber contribuido a debilitar la institucionalidad que juramos defender.
A la comunidad ucista le pido: no olvidemos esta página oscura. Mantengámosla presente como advertencia moral. Cuando en el porvenir se presenten candidaturas a cargos de elección —rectoría, decanatos, consejerías—, recordemos quiénes avalaron prácticas que anteponen el control personal al bien colectivo, quiénes silenciaron voces disidentes en nombre de una supuesta “unidad” que en realidad encubre hegemonías, y quiénes permitieron que rencores privados se tradujeran en golpes a la estructura misma de la Universidad. La UC no pertenece a nadie en particular: pertenece a todos nosotros. Recuperar su dignidad exige memoria, coraje y un compromiso renovado con la autonomía universitaria como valor irrenunciable. Invito a cada ucista —desde el aula hasta el laboratorio, desde la secretaría hasta el consejo— a reflexionar: ¿qué legado queremos dejar? ¿Uno de sumisión y fractura, o uno de resistencia lúcida y reconstrucción?
Con respeto y con la esperanza intacta en nuestra casa de estudios...
Prof. Pablo Aure
Secretario de la Universidad de Carabobo

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